sábado, 5 de marzo de 2016

Lo que se interpone en el camino es el camino

Hoy leí un comentario en Facebook que decía: “Cuando los caminos se nos llenan de obstáculos, seguramente es porque hay obstáculos en nuestro interior: miedos, preocupaciones, resistencias. Yo los llamo debilitadores de energía. Son muy tóxicos y nos invaden cuerpo y mente”.

Pienso que estas aseveraciones pueden ser útiles para algunas personas, puesto que nos recuerdan que para transformar los obstáculos es necesario realizar un trabajo interior; pero en realidad, no concuerdo con esta perspectiva (que actualmente está difundida entre muchas personas que transitan caminos espirituales). De todas maneras, agradezco a quien la posteó, porque me estimuló a escribir esta nota y, quiero reiterar que puede ser un mensaje beneficioso, si no lo tomamos al pie de la letra.

Antes de proponer otra perspectiva, me gustaría decir cuáles son mis discrepancias con las afirmaciones de Facebook antes mencionadas.

La primera afirmación dice: “Cuando los caminos se nos llenan de obstáculos, seguramente es porque hay obstáculos en nuestro interior: miedos, preocupaciones, resistencias”. Lo primero que me surge al respecto es una pregunta: ¿existe la posibilidad de que en nuestro interior no aparezcan en ningún momento miedos, preocupaciones o resistencias? A mí me parece que no. 

Podemos sanar los miedos, cuando aparecen, desarrollar habilidades para enfrentarlos o bien modificar (dentro de lo posible) las situaciones que los generan; también podemos cambiar nuestra actitud en relación con esas situaciones, pero no podemos evitar que los miedos surjan en algún momento

El miedo es una emoción primaria, es una reacción involuntaria frente a situaciones que son peligrosas o que percibimos como peligrosas. Sentimos miedo cuando estamos inseguros, o cuando no estamos en condiciones de afrontar algo que tenemos por delante o imaginamos que ocurrirá. Desde mi punto de vista, no hay forma de evitar que surja el miedo, puesto que −como he dicho− es una reacción automática. Lo que si podemos hacer es mitigarlo o desactivarlo una vez que se presenta, y desarrollar nuestra confianza y seguridad. 

Respecto de las preocupaciones, ocurre algo semejante. En este caso, es la mente la que se encarga de dar una alerta. Nos dice que tenemos algo por resolver, que algo está pendiente y que necesitamos prestarle atención. Cuando lo pendiente nos resulta complicado, no podemos o no queremos resolverlo, se convierte en preocupación. 

La preocupación es, también, una reacción automática que nos advierte –como hemos dicho− que hay algo de lo que nos tenemos que ocupar. Para dejar de preocuparnos, necesitamos resolver la cuestión o bien cambiar nuestro foco de atención. Lo que no podemos hacer es evitar que en algún momento se dispare la preocupación, puesto que –reiteramos− es una reacción involuntaria de nuestro sistema.

Pasemos ahora al tema de las resistencias. Hay diversos tipos de resistencia. En la naturaleza, por ejemplo, hay dos fuerzas: una de cambio y otra de resistencia al cambio. Si no hubiera una fuerza de resistencia, todo estaría en perpetuo cambio, y eso llevaría al caos o a la destrucción. De manera que esta resistencia natural es la fuerza que contribuye a mantener la estabilidad, a conservar y a ahorrar la energía. Ambas fuerzas son necesarias para la vida. Sin cambio no hay crecimiento y con demasiado cambio hay desorden o inestabilidad. 

Por lo tanto, si tomamos como cierto lo dicho en relación a los miedos, a las preocupaciones y a las resistencias, tendríamos que aceptar que en la vida siempre se presentará algún tipo de obstáculo proveniente de nuestro interior, puesto que siempre surgirá, de forma automática e involuntaria, algún miedo, alguna preocupación o alguna resistencia (el trabajo interno consiste en gran medida en desactivar o cambiar nuestras reacciones automáticas). 

Pasemos a la segunda aseveración: “Yo los llamo debilitadores de energía. Son muy tóxicos y nos invaden cuerpo y mente”.

Coincido con esta afirmación, puesto que efectivamente estos estados debilitan nuestra energía y producen toxicidad. Sin embargo, me pregunto una vez más: ¿es posible evitar las oscilaciones de energía?, ¿alguien puede mantenerse constantemente en un nivel alto de energía?, ¿sería funcional no tener fluctuaciones de energía?, ¿el debilitamiento de la energía puede cumplir alguna función, como por ejemplo, forzarnos a una pausa, a la reflexión, a buscar alternativas, a revisar creencias o tomar nuevas decisiones?, ¿es posible evitar que se generen tóxicos (sustancias que sea necesario desechar)?, ¿hay algún organismo vivo que no los produzca? 

Los supuestos implícitos en dicha aseveración, me parece, son que se puede mantener una energía constante y que se puede evitar la producción de tóxicos.

Según mi lectura, hay otro supuesto que está implícito: que la causa de todos los obstáculos está sólo en nuestro interior y que, al modificar nuestro interior, podemos lograr que no existan más impedimentos. Es cierto que podemos trabajar con nosotros mismos para modificar lo que nos es adverso. En realidad, sólo podemos trabajar con nosotros mismos para modificarlos, pero aun haciendo nuestra parte del trabajo, no podemos evitar que algo se interponga en nuestro curso. No sólo no podemos controlar nuestras reacciones automáticas, sino que tampoco podemos controlar las reacciones de los demás ni las circunstancias externas.

No conozco a nadie que esté o que haya estado libre de obstáculos. Basta con escuchar la historia de cualquier persona que se nos cruce en la vida, o leer la biografía de los santos o de los iluminados para saber que todos tenemos siempre muchas dificultades con las que lidiar.

Pasemos ahora a mi perspectiva sobre este tema. En realidad pienso que, aun cuando nos gustaría que fuera de otra manera, los obstáculos son parte ineludible de la vida. Son condiciones o estados que se presentan tanto en el caminante como en el camino. Algunos de ellos parecen provenir desde adentro, mientras que otros parecen venir desde afuera, pero sea como sea (hay diferentes teorías o perspectivas sobre la cuestión de cuánto es interno y cuánto es externo) desde lo observable y constatable, todos los seres tenemos dificultades. 

Debido, entonces, a que son inevitables, es mejor asumirlas como parte de nuestra experiencia, en lugar de alimentar falsas expectativas, ya que no podemos evitar que algunas cosas se interponen con nuestros deseos, propósitos o preferencias. De nuestro trabajo interior depende, por supuesto, que estemos mejor preparados para transitarlas, alivianarlas y aprender de ellas; pero no creo que podamos eliminarlas por completo. 

A veces, incluso (como ocurre con el montañismo), cuanto más subimos la cuesta, mayor es la dificultad, o las condiciones del terreno se vuelven cada vez más arduas. 

Pienso que gran parte de nuestro trabajo interior es estimulado precisamente por los inconvenientes y las dificultades. Los obstáculos nos fuerzan a salir de nuestra zona de confort, de nuestras costumbres y hábitos y, en ese sentido, a expandirnos más allá de nuestras limitaciones.

Aun cuando ciertamente puedan perturbarnos, nos dan la oportunidad de hacer algo equivalente a lo que hacen las ostras cuando ciertas sustancias irritan su tejido: secretan nácar, con el que recubren lo que las irrita, y al hacerlo crece la perla. 

Transformar los obstáculos nos lleva a transformarnos. Como dice un aforismo que escuché decir a un sanador norteamericano: “Las dificultades de la vida nos vuelven amargos o mejores” (“Difficulties can make as bitter or better”). 

Hay pocas satisfacciones más grandes como las que sentimos cuando crecemos, mejoramos o superamos las adversidades. 

Por último, quiero decir algo que es casi una obviedad: cuando algo se interpone, no tenemos más remedio que hacer algo al respecto. Si lo hacemos con el ánimo de aprender de la experiencia, podemos otorgarle un sentido que nos ayude a ubicarla en una perspectiva adecuada para nuestra transformación. Por eso hago mías las palabras de Marco Aurelio, emperador y filósofo romano: “El impedimento a la acción avanza la acción. Lo que se interpone en el camino se convierte en el camino”. 
Lic. Eugenia Lerner

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Sentir, pensar y actuar en armonía.

Hace un tiempo hablaba en un taller de las tensiones y los conflictos que pueden existir entre nuestros distintos aspectos (esto es, entre nuestros sentimientos, nuestros pensamientos y nuestros comportamientos), y afirmaba que la armonía no consiste necesariamente en que dichos aspectos estén de acuerdo (cosa que muchas veces no ocurre), sino en respetar a cada uno, tolerar sus discrepancias y conducirlos de acuerdo a los dictados de nuestra alma, nuestras necesidades, nuestros valores o nuestras metas.

No había terminado de transmitir esta idea cuando una participante, algo indignada, comentó: “¿Cómo no tratar de que estén de acuerdo? Yo aprendí que hay que buscar concordancia entre lo que uno siente, lo que uno piensa y lo que uno hace. ¡¿Cómo puede haber armonía de otra manera?!”.

“Bueno −le respondí−, cuando existe esa concordancia nos sentimos muy bien y pienso que todos tratamos de encontrarla, pero la cuestión es que muchas veces, por más que lo intentemos, no lo logramos. Frecuentemente, sentimos una cosa −temor por ejemplo−; pensamos otra −tal como “no deberíamos tener miedo”−, y nos comportamos de una manera que no contempla ni lo que sentimos ni lo que pensamos. O sea que cuando no funcionamos al unísono, es necesario acceder a otra forma de armonización”.

A juzgar por su cara de pocos amigos, a dicha participante no le gustó mi respuesta.
Mucha gente piensa, como ella, que la coherencia es la única forma de armonía posible y que, si no se presenta, lo único que podemos hacer es seguir buscándola. Si bien esa concordancia es de por sí gratificante, lamentablemente −como ya he mencionado−, no es lo que siempre ocurre. En principio, porque el cuerpo, la emoción y la mente suelen tener necesidades y vivencias diferentes en las diversas situaciones, además de diferentes funciones.

Veamos otros ejemplos:
  • Podemos tener ganas de ir a una fiesta, pero estamos agotados físicamente y dudamos, por ello, si sería conveniente hacer el esfuerzo de ir.
  • Pensamos que es momento para cambiar algún hábito, pero surgen resistencias emocionales y abandonamos el intento de accionar en ese sentido.
  • Estamos enojados, pensamos que sería mejor no expresarnos con crudeza, pero actuamos impulsivamente.


Podría seguir con un sinfín de ejemplos cotidianos con los que quizás muchos resonamos, pero creo que estos son suficientes para mostrar las dificultades que se nos presentan a la hora de intentar unificar sentimientos, pensamientos y comportamientos.

¿Existe otra opción?

Existe otra manera de armonizarnos, aunque no es automática como la anterior. Frente a los conflictos internos, las reacciones automáticas más habituales son las de rechazar, de pelear, de negar o de desconectarnos de alguno de nuestros aspectos. Otra reacción automática frecuente es el bloqueo, la sensación de parálisis o la rumiación mental (dar vueltas y vueltas alrededor de un círculo vicioso).

Las respuestas automáticas son “naturales” y están al servicio de la supervivencia física o de la preservación psíquica, y son por ello útiles y necesarias (y quizás inevitables en una primera instancia). Consisten en una forma rápida y económica (en términos de esfuerzo) de resolución, tanto en el sentido de llevarnos a la acción como en el de evitarla cuando se trata de protegernos de algo, pero que estén al servicio de la supervivencia o de la preservación sólo significa eso. No quiere decir que a la larga sean las formas más convenientes o las más evolucionadas; quiere decir que la naturaleza nos provee de un mecanismo que no necesitamos aprender ni elaborar para salir del paso.

Considero que, si estos mecanismos nos resultan útiles, adelante con ellos, pero si sus consecuencias o sus resultados son insatisfactorios necesitamos implementar otros más elaborados. En lugar de ser automática, esta elaboración es voluntaria, es decir, necesitamos proponérnosla de manera deliberada. Elaborar un conflicto constituye una travesía (a veces ardua) de transformación, pero nos puede llevar a armonizarnos en una escala mayor.

No pretendo ofrecer aquí recetas ni fórmulas fáciles o infalibles de transitar este camino que trasciende lo automático. La tarea de elaboración es muy personal y artesanal; constituye un proceso en el que vamos ensayando y descubriendo diferentes opciones hasta encontrar lo que más nos beneficia en cada caso. Sin embargo, sí me gustaría ofrecer una guía posible para encarar este proceso.

El primer paso consiste en identificar lo que sentimos, lo que pensamos y lo que hacemos. Este reconocimiento puede ser en sí mismo difícil por muchos motivos; básicamente porque nos cueste clarificar lo que nos pasa (nos encontramos con una madeja de cosas confusas) o porque su contenido nos parezca criticable, reprochable o desagradable.

Podemos recurrir entonces a la relajación profunda que, en cierta medida, hace más llevadera esta identificación. La relajación nos permite acceder de manera más clara a nuestro interior y facilita la actitud de aceptación de aquello que encontramos. El método Kupono (que presenté en otra nota: http://www.centrohuna.com.ar/kupono_metodo_de_sanacion_emocional.html) puede ser útil para llevar adelante este procedimiento.

Otro de los factores que facilitan la aceptación de nuestras discrepancias internas es recordar que estos factores son sólo expresión de cómo estamos en un momento determinado, por lo tanto no son definitivos, no expresan nuestra totalidad y son tanto cambiantes como cambiables. Son hábitos de respuesta o aspectos de nuestra personalidad. 

El segundo paso es proponernos comprender a cada una de las partes por separado. Enfocar en cada una individualmente nos permite conocerlas mejor, conectar con su función, con su vivencia particular y con sus necesidades. No es lo mismo escuchar tres voces en simultáneo que una a la vez.

En los estados de relajación o de meditación profunda, podemos dialogar con cada una de las partes y preguntarles de forma directa cuáles son sus necesidades, sus intereses y sus experiencias. 

Dejamos así de intentar que se pongan de acuerdo o que se alineen en una misma dirección para pasar, en cambio, a escuchar atentamente lo que cada una tiene para decirnos. Si en este proceso surgen tensiones, es bueno tener presente que podemos profundizar el estado de relajación para aflojarlas y que estas son momentáneas. Puede ser útil, además,  recordar que, aun cuando nos tensione, el motivo de esta escucha es profundizar nuestro autoconocimiento con la finalidad de encontrar soluciones mejores o más significativas a aquello que nos ha conflictuado. 

En un tercer paso, podemos conectarnos con el silencio, con la intuición,  con el alma o con el espíritu y, a partir de esa conexión, preguntarnos qué es lo que realmente necesitamos considerar en cada momento, si hay alguna forma de tener en cuenta las diferentes necesidades o bien cuál de ellas nos corresponde priorizar. Otras preguntas útiles pueden ser: ¿existe otra perspectiva o acción posible, que no hayamos tenido en cuenta, en relación a la situación que tenemos por delante?, o bien ¿qué es lo más importante para nosotros en dicha situación? De esa manera, lo importante puede actuar como un posible organizador.

Si queremos calar más profundo, podemos considerar también cuáles son nuestros valores o nuestra metas, y qué tipo de solución podría estar más en concordancia con ellas.

En consecuencia, la intuición −nuestro Yo Esencial, el alma (o como lo queramos llamar)− puede tomar la batuta y dirigir la orquesta de nuestra personalidad respetando la idiosincrasia de cada parte, de cada instrumento, para buscar un acuerdo o una dirección a partir de su diversidad.

Para finalizar, me gustaría decir que lo que queda luego es, obviamente, ensayar o llevar a la práctica lo que hemos descubierto. En este sentido, algo por tener en cuenta es que podemos utilizar el procedimiento mencionado para lidiar con todas las tensiones o dificultades que se puedan ir presentando a lo largo de este recorrido.

El factor armonizador en esta etapa (como también en la anterior) es cultivar una actitud tolerante, comprensiva y respetuosa que nos sostenga en esta búsqueda.
Lic. Eugenia Lerner



lunes, 23 de noviembre de 2015

Encarnar las enseñanzas

Hace un tiempo, mi hija estuvo en un Monasterio de Nepal participando en cursos de budismo tibetano. Me contó que había tenido una muy buena experiencia; yo la noté transformada y, por primera vez, abierta a una tradición espiritual. Eso me llevó a querer conocer algo de dicha tradición.

Ella me comentó que en el Monasterio le habían dicho que había una monja que se había formado allí durante muchos años y que actualmente coordinaba grupos en Buenos Aires. Decidí contactarme con ella y le envié un mail. Me respondió amablemente sugiriendo que la llamara por teléfono y, para mi sorpresa, tuvimos una larga conversación telefónica.

Me preguntó cómo la había ubicado, y le conté la historia que ella escuchó con atención. Luego me informó que su Centro era muy pequeño y que tenía muchas dificultades para difundir  sus actividades aquí, por lo que tenía poca concurrencia. Me dijo también que en este país a la gente le cuesta mucho comprometerse, tener continuidad y disciplina. Agregó que le costaba encontrar voluntarios que la ayudaran con la difusión por Internet y que la gente no hacía donaciones para sostener las actividades, como se acostumbra en otros países. Por último, me aclaró que su Centro estaba localizado en un barrio al que llegaban pocos transportes públicos y me indicó cómo llegar.

Me agradó mucho su franqueza porque, confieso, ya estoy un poco cansada del estilo “todo bien, todo maravilloso” que conforma la máscara promocional, característica de nuestra cultura actual.
A los pocos días, recibí un mail en el que me confirmaba día y hora de la próxima meditación. Entusiasmada, llamé a una amiga para preguntarle si quería acompañarme y gustosa aceptó. Luego se sumó otra amiga más (que vive en el sur, pero que estaba de paso por Buenos Aires).

El día indicado llegamos las tres contentas al lugar y tocamos el timbre. Luego de una pequeña demora nos abrió la puerta una señora ataviada con los ropajes budistas. Allí mismo, en la puerta, nos dijo que el timbre no funcionaba y que la persona encargada de abrir no había llegado,  y en un tono que era medio lamento y medio  enojo, expresó su frustración por la falta de puntualidad de la gente. También nos advirtió que el lugar estaba frío porque esa casa y ese barrio eran más fríos que otros, debido a que pasa un arroyo subterráneo por allí. Agregó, además, que el baño no funcionaba bien porque tenía problemas con los caños y mencionó algunos desperfectos más, todo producto de su falta de recursos.

Nos invitó a pasar al salón y allí relató todos los esfuerzos infructuosos que hizo, durante muchos años, para difundir su tradición budista en la Argentina. La historia se alargó demasiado y sentí su profunda amargura.
Después de casi una hora, comenzó la meditación. A pesar del frío, producto más del clima emocional que de la temperatura ambiente, yo continuaba abierta e interesada en la experiencia y con buena disposición a hacerla. Después de todo, para eso estaba allí. Pensé que quizás la habríamos encontrado en un mal momento y, además,  ¿quién no tiene alguna historia amarga que contar?

La mujer guió en primer término una meditación en movimiento, muy interesante, y luego nos invitó a sentarnos. Antes de comenzar la siguiente meditación nos dijo que sería profunda y sanadora, pero que lamentablemente la gente no siempre… Quejas y más quejas. ¡Otra vez! Ya demasiado disruptivo.
Haciendo a un lado sus nuevos comentarios, me concentré en la meditación, muy buena por cierto.

Una vez finalizada la actividad, nos preguntó directamente a las tres si volveríamos y si nos queríamos comprometer con el camino.
Todas respondimos que lo pensaríamos, pero ella se dio cuenta de que no lo haríamos. Nos dijo entonces irónicamente: “Ah…, solo vinieron por una vez…, bueno”.

Al salir, las tres nos sentimos compungidas. Lamentamos mucho que su estilo personal fuera tan discordante con sus enseñanzas, que a todas luces parecían valiosas. Pero su modalidad resultaba una barrera infranqueable. No pudimos soportar sus quejas ni su amargura y, menos aún, lo que parecía una falta de consciencia del efecto que estas producían.
La charla con mis amigas me ayudó a disipar mi frustración y a transformar mis pensamientos críticos en compasión. En este sentido, agradezco las palabras mágicas de una de ellas: “Debe ser muy difícil dejar la vida monástica de la comunidad, estar tan aislada, tan lejos y hacer todo sola”.

He querido relatar esta experiencia porque me parece que ilustra muy bien la diferencia que hay entre seguir un camino espiritual y encarnar un camino espiritual. Cuando la espiritualidad no se aplica a la vida de todos los días, queda disociada.
Como surge de todas las tradiciones espirituales que conozco, esta aplicación no es “automática”. Requiere de un proceso de toma de consciencia, de elaboración y de elección constantes. Por suerte, en este caso, mis amigas me ayudaron a transformar mi indignación en comprensión-compasión y al mismo tiempo a hacer honor a mi decisión de no regresar.

En realidad, la mayoría de las veces, aprender a conectarse con lo espiritual es lo más fácil. Pero después de subir hay que bajar y traer lo aprendido al mundo que nos rodea.
Encarnar lo espiritual es una tarea constante que implica, entre otras cosas, estar dispuesto a cocinar la crudeza de nuestras emociones y de nuestros pensamientos, bajo la Luz cálida que emana de la Consciencia Espiritual.
Lic. Eugenia Lerner

lunes, 29 de septiembre de 2014

¿Es mejor tener muchas o pocas expectativas?

Hace un tiempo alguien me preguntó: “¿Cómo es la cuestión de las expectativas? Algunos caminos psicológicos y espirituales sostienen que es mejor tener pocas expectativas, porque ellas llevan al apego emocional y a la frustración. Mientras tanto, otros caminos sugieren que seamos optimistas y esperemos que ocurra lo mejor, ya que las actitudes positivas favorecen los buenos resultados”.

Mi respuesta fue la siguiente: “Me parece que no siempre es adecuado tener bajas expectativas, como tampoco es apropiado tener siempre expectativas muy altas. Pienso que lo más conveniente es regular las expectativas de acuerdo con las circunstancias y con nuestra personalidad

Desde mi punto de vista, dichas formulaciones generales sobre las expectativas no son verdades universales. Son solo una guía útil, pero es necesario considerar cada situación en particular.

En relación con las circunstancias, podemos preguntarnos cuáles son las posibilidades de que ocurra lo que esperamos. Aunque la respuesta solo refleje nuestra creencia (ya que nadie sabe a ciencia cierta lo que ocurrirá), tener claro qué idea tenemos al respecto nos provee de un marco de referencia para regular nuestras expectativas. También nos da la oportunidad de revisar o de modificar esa creencia si lo consideramos necesario.

Además, está la cuestión de nuestra modalidad. Algunas personas funcionan mejor si mantienen altas sus expectativas, aun en circunstancias desfavorables, porque lo sienten como un desafío motivador. Mientras tanto, otras personas prefieren bajar sus expectativas cuando las situaciones son poco propicias para que la frustración no les impida seguir adelante.

Dicho de otra manera, hay gente que es optimista por naturaleza, y que sigue siendo optimista aun cuando los resultados no sean los esperados y no se apegan mucho a sus deseos. En cambio, hay gente optimista que se frustra cuando los resultados no se ajustan a sus expectativas, y a la que le cuesta sobreponerse a la desilusión o desapegarse de lo que quería.

Hay gente pesimista más desapegada que no se frustra mucho si las cosas no salen bien.
Hay gente pesimista que puede regular su apego y que, si bien se frustra cuando no obtiene los resultados esperados, se sobrepone con facilidad a la frustración.
Hay gente pesimista que se frustra y a la que le cuesta revertir su desilusión.

Por último, están los más realistas. También ellos pueden ser más o menos apegados, frustrarse más o menos y sobreponerse mejor o peor a la frustración.
En consecuencia, desde mi punto de vista, más que una formulación general sobre si conviene tener muchas o pocas expectativas, es más útil tener claro cuál es nuestra percepción de las posibilidades en cada caso y qué tipo de expectativas nos ayudan a manejar mejor nuestras frustraciones y apegos.

Por último, quiero decir que no todos los optimistas logran siempre mejores resultados, como tampoco a los pesimistas les va siempre peor, ya que los logros no dependen exclusivamente de nuestras expectativas.
Lic. Eugenia Lerner

viernes, 29 de agosto de 2014

Kupono: Método de sanación emocional

En el sistema Huna existen diversos métodos para la sanación física, emocional, mental y espiritual. Entre ellos existe uno llamado Kupono,  particularmente efectivo para sanar las emociones, el que aprendí de mi maestro, Serge Kahili King.

A su vez, hay varias técnicas de Kupono que se utilizan para distintas finalidades, tales como: aquietar emociones, sanar dolores y heridas emocionales, modificar reacciones automáticas, liberar memorias indeseadas y armonizar conflictos emocionales.

Aquí voy a transmitir una de las técnicas del Kupono, que es útil para aquietar emociones demasiado intensas o perturbadoras.  Esta técnica consiste, sintéticamente, en enfocar la atención en la situación que nos desbalanceó, detectar en qué parte del cuerpo sentimos la emoción o la perturbación y liberar el exceso de energía (la tensión) con ayuda de la respiración.

1) Siéntate cómodo/a, cierra los ojos, toma unas cuantas respiraciones profundas y relaja el cuerpo.
2) Piensa por unos segundos en la situación que te perturbó.
3) Identifica la parte del cuerpo que se tensiona o se activa cuando piensas en lo que ocurrió.
4) Si no puedes identificar qué parte del cuerpo se tensiona o  se activa, puedes hacer una recorrida desde los pies hasta la cabeza para notar alguna molestia o contracción.
5) Ahora, inhala con la atención en las palmas de las manos y exhala con la atención en la parte del cuerpo en donde sientes la perturbación. Respira de esta manera unas cuantas veces hasta que esa parte se relaje (aunque sea un poco).
6) Ahora, vuelve a poner la atención en la situación que te perturbó.
7) Identifica qué parte del cuerpo reacciona en este momento. Puede ser la misma parte que antes u otra diferente.
8) Vuelve a inhalar con la atención en las palmas de las manos y a exhalar con la atención en la parte del cuerpo en la que ahora sientes la tensión.
9) Puedes repetir este proceso algunas veces más, detectando en cada vuelta en qué parte específica del cuerpo sientes la perturbación. Una vez te sientas más calmado, permanece por unos minutos en estado de relajación.
10) Conecta con tu alma o espíritu, y pide guía para comprender la situación que te perturbó o para aprender algo de esa experiencia. La respuesta puede ser inmediata o puede clarificarse con el correr de los días.
Para beneficiarte con esta técnica te sugiero que:
a) la consideres como un recurso para restituir el balance cada vez que te desbalanceas;
b) tengas en cuenta que en el momento de mayor intensidad emocional suele ser difícil aplicar cualquier técnica que no tengamos ya incorporada, por lo que tendrías que practicarla todo lo que puedas, aún cuando el desbalance sea leve;
c) valores cualquier pequeño logro; el acto de valorar incrementa la efectividad.
Espero que esta técnica te ayude a restituir el balance cuando lo necesites para beneficio tuyo y de los que te rodean.
Lic. Eugenia Lerner


sábado, 23 de agosto de 2014

Símbolos y señales que traen respuestas

Me disponía a escribir esta nota y, a modo de ejemplo, buscaba alguna situación que reflejara lo que quería transmitir. Recordé un episodio personal, en el que recibí una clara señal que me ayudó a tomar una decisión importante en mi vida. No obstante, dudé en la conveniencia de revelar ese episodio, ya que nunca quise compartirlo con nadie para que conservara su poder. Con la idea de dar tiempo a que se acomodaran mis ideas, tomé el libro que estaba leyendo. La primera frase que leí fue “mantén tu diario privado”. ¡Bueno! pensé, tema resuelto: no revelaría aquel episodio y, ahora tenía esta experiencia con el libro para compartir.

Todos podemos obtener guía a través de las señales y de los símbolos. Ellos se presentan tanto desde afuera como desde nuestro interior (a través de la imaginación, los sueños, las fantasías, etc.), y tanto de manera espontánea como solicitada. Aquí me centraré en los que llegan desde afuera cuando los pedimos.

Existen muchos métodos para recibir símbolos. Aquí quiero compartir un procedimiento, particularmente efectivo, con el que puedes experimentar si lo deseas.

En primer lugar, es importante partir de una intención clara y específica: cuál es tu pregunta o respecto de qué tema esperas obtener alguna guía.

Después de definir tu intención, continúa con tus actividades y fíjate si, a lo largo del día, se presenta algo que te parezca significativo o llame tu atención. Puede ser algo que veas en algún lugar, algo que suceda, algo que escuches o algo que leas. Si se presenta más de una cosa, repara en todas ellas.

Significativo no quiere decir extraordinario o raro; quiere decir, simplemente, que te produce algún impacto o alguna sensación particular. Esta es la respuesta simbólica a tu pregunta y, a esta altura, no necesitas saber por qué te ha impactado ni qué significa. Sólo necesitas registrar la experiencia como tal. Algunas veces, el significado surge con claridad en el momento del acontecimiento, pero otras veces no es tan evidente y necesitamos develarlo.

En este caso, mi sugerencia es que, para estar libre de preconceptos, no te apresures a interpretarlos mentalmente. Deja que ellos te revelen su mensaje.

En estado de relajación, comunícate con el símbolo y pregúntale de manera directa: ¿qué representas? ¿Qué mensaje me traes? La respuesta puede venir en forma de ideas, imágenes, sensaciones o emociones, y puede tardar en clarificarse. Como los símbolos tienen múltiples significados, con el correr del tiempo, quizás descubras otros mensajes.

Desde mi punto de vista, los símbolos nos traen información valiosa y nos orientan, pero no nos conectan con verdades absolutas. Es importante tener presente que, por más que dejemos los preconceptos de lado, tenemos filtros interpretativos y resistencias que pueden interferir en nuestra comprensión.

Asimismo, es necesario recordar que la responsabilidad de elegir es siempre  nuestra, no debemos otorgarles a los símbolos esa autoridad.

Lic. Eugenia Lerner 

lunes, 7 de julio de 2014

La pregunta sagrada

Stalking Wolf (Estados Unidos 1870) fue un apache que recibió las enseñanzas tradicionales de su pueblo. Fue el mentor de Tom Brown que, a su vez, fue mi maestro.
Stalking Wolf  decía: “Todo y todos son mis maestros”. Con esto quería decir que de todo y de todos podemos extraer alguna enseñanza. Sin embargo, el aprendizaje no sucede en forma automática ni instantánea; implica una decisión y una postura ante la vida. 

Para favorecer este proceso, Stalking Wolf le transmitió a Tom una herramienta: la pregunta sagrada. Esta pregunta tiene dos partes: ¿qué ha sucedido aquí? y ¿qué es lo que esto me enseña? o, dicho de otra manera, ¿qué es lo que puedo aprender de esto?

Cuando Stalking Wolf le enseñaba a Tom a rastrear, a explorar o a sobrevivir en lugares alejados de la civilización, le formulaba constantemente la pregunta.
Si veían huellas de animales, por ejemplo, se paraban a observar, y luego el Maestro le preguntaba: ¿qué ha sucedido aquí? y a esa pregunta seguían muchas otras: ¿de qué animal es esta huella?, ¿cuál es su tamaño?, ¿es joven o viejo?, ¿macho o hembra?, ¿caminaba o corría?, ¿era perseguido, perseguía o buscaba comida?, ¿hace cuánto pasó por aquí?, etcétera, etcétera.

La mirada detenida y detallada de miles de huellas, seguida una y otra vez de la pregunta ¿qué es lo que esta huella particular me enseña? llevaron a Tom a convertirse en un gran rastreador. Tom aprendió también a rastrear, muchas otras cosas, tales como leer las señales de los acontecimientos naturales que se aproximan o leer las intenciones de alguien que se acerca.

Podemos aplicar esta pregunta en todos los contextos y situaciones de nuestra vida:
  • En un conflicto: ¿qué ha sucedido aquí?, ¿qué es lo que esto me enseña?
  • Si algo no funciona: ¿qué ha sucedido aquí?, ¿qué puedo aprender de esto?
  • Si hice algo bien: ¿qué pasó aquí?, ¿qué me permitió lograrlo?
  • Si me equivoqué: ¿qué pasó?, ¿cuál fue el error?, ¿qué me llevó a cometerlo?

Como conclusión, podemos utilizar esta pregunta para clarificar confusiones, resolver dificultades y problemas, modificar estados emocionales, mejorar nuestra comunicación e interacciones, desarrollar capacidades, reparar maquinarias, resolver cuestiones técnicas, aprender de nuestros errores, entre otras cosas.
Si dejamos ir nuestros preconceptos, y nos dedicamos a observar y a explorar el tema que tenemos por delante, nos abrimos a la intuición y tenemos paciencia, recibiremos todo tipo de respuestas. Algunas de ellas quizás nos sorprendan.

¿Por qué es sagrada esta pregunta?
Para los apaches, la pasión por aprender y evolucionar es sagrada, al igual que el compromiso de todo nuestro ser en ello (cuerpo, emoción, mente y espíritu).
Stalking Wolf, asimismo, sostenía que la conciencia es la puerta al espíritu, mientras que la pregunta sagrada es la piedra angular de la maestría.

Ahora, si quieres, puedes preguntarte: ¿qué sucedió aquí?, ¿qué me gustaría aprender de esto?
Lic. Eugenia Lerner