lunes, 9 de abril de 2012

Culpa por los gatitos


Uno de mis queridos alumnos, me contó que en sus vacaciones estaba paseando con su pareja a orillas de un río, cuando de pronto vio pasar una tabla, sobre la que flotaban varios gatitos. Inmediatamente los rescataron y les dieron abrigo. Ese mismo día los ofrecieron y una persona se los llevó, pero no pudieron desprenderse de una de las gatitas. Era tan cariñosa y hermosa que decidieron volver con ella a su casa, en la que conviven con otros cuatro felinos.

Unas semanas después me envió este e-mail:
“Estoy partido... la gatita que adoptamos contagió a todos los gatos de un virus bronquial. 
Más allá de que vino vacunada, desparasitada, y sumamente atendida, parece que portaba algo latente.
Todo empezó el sábado pasado.... de repente de tener todos los gatos sanos, empezamos a ver que varios estaban respirando por la boca.
Volamos a la veterinaria, empezamos tratamiento, pero Rumi, el mágico compañero de camino, empezó a estar cada vez peor.
El domingo lo internamos.
Íbamos todos los días a verlo, y hasta una veterinaria le hizo acupuntura....
Hoy lo íbamos a traer a casa para seguir acá el tratamiento y que esté en su habitat..... a la 9 me llamaron para decirme que Rumi había partido...
Lo que empezó siendo algo mágico, de amor, pasa a esta pesadilla....
Los demás gatos van zafando, los mayores se liberaron enseguida del virus, la gatita está bastante gastada y le cuesta más.
Estoy atascado en la culpa de la adopción de esta gatita, por todo el desenlace que trajo.... necesito trabajar profundamente este aspecto que eligió esta situación.....”

Mi respuesta fue:
“Qué triste lo que pasó. Desde mi perspectiva, vos no elegiste esta situación. Elegiste rescatarlos y adoptar la gatita, por el amor que despertó. Elegiste cuidarlos cuando se desencadenaron los síntomas y llevarlos al veterinario. Ahora, si hay algo que podés elegir es como ir transitando todo lo que escapa a tu control y al de cualquier humano.”

Muchas de las personas que buscan ser más conscientes de sí mismas y sus circunstancias, confunden, desde mi perspectiva, el  “elegir” con “hacer que suceda”. Podemos elegir algunos de nuestros pensamientos y acciones, pero no elegimos los resultados. Elegir no implica “controlar”.
Si sentimos culpa por algo que sucedió (o que no sucedió) podemos preguntarnos si eso que esperábamos está realmente en nuestras manos.

lunes, 2 de abril de 2012

La “lasagna” de la incomprensión.


Gabriel está con malestares digestivos desde hace un tiempo y le “tomó idea” a la lasagna. Hace unos meses se descompensó y lo tuvieron que internar, pocas horas después de comer un suculento plato de dicha comida. Aparentemente la lasagna no tuvo nada que ver con lo que le pasó, (quizás sólo fue “la última gota que rebalsó” su aparato digestivo) pero en su memoria, quedó fuertemente asociada con aquel padecimiento.

Hace unos días sus suegros los invitaron (a él y a su mujer) a cenar a su casa. La suegra, excelente cocinera, preparó una exquisita lasagna, que llevó a la mesa con una sonrisa de satisfacción. Cuando Gabriel la vio sintió que su cuerpo se estremecía. No tenía ganas de comerla, pero tampoco quería perturbar al resto de los comensales y, menos aún, molestar de alguna manera, a su suegra. Por otra parte, parecía muy tentadora, así que respiró profundo y se la comió.
Horas después sintió un ligero malestar y al día siguiente estuvo todo el día un poco “descompuesto”. No tenía claro si le había caído mal la comida o su cuerpo respondía así a la aprehensión del recuerdo. Aunque esta vez su malestar físico fue leve, su malestar emocional y mental fue intenso. A partir de la internación lo aquejaron muchas dudas y temores respecto a su salud, y se incentivaron en ese momento. Por todo esto, tomó una decisión: aquella había sido la última lasagna de su vida.

Unos días más tarde, buscó el momento adecuado para transmitirle esta decisión a su mujer. Ella lo escuchó, lo miró con cara rara y le dijo “¡¡¡pero la lasagna no te puede hacer mal!!! es una comida sana….. Lo que pasa es que le tomaste idea”. Gabriel no lo negó, le dijo que si, que le había tomado idea, y que por eso mismo prefería no comerla. Ella (algo fastidiada) le insistió: “pasta, ricota y jamón, no te pueden caer mal”. No hablaron más del tema.

Cuando escuché su relato me pregunté:
¿y cómo puede ella estar tan segura que a él la lasagna no le hace mal? En realidad podría haber desarrollado alguna sensibilidad alimentaria o afectarle esta combinación de ingredientes en particular … Le vendría bien revisar sus supuestos y certezas en relación a lo que es bueno o malo para él.
¿y si le “tomó idea” cuál sería el problema? El lo reconoce… Después de todo, es tan humano tener aprehensiones en algunos momentos. Es así como funcionamos los seres humanos, asociando y des-asociando cosas y eventos todo el tiempo. Des-asociar lleva su tiempo.
¿será que no quiere pedirle a su mamá que prepare otra comida?
¿será que lo quiere ayudar a “superar” la situación, y dejar atrás el recuerdo? Quizás piensa que si le asegura que no le va a caer mal, lo convence, ¿pero con tan escaso argumento?.
¿será que está cansada de sus ansiedades y preocupaciones? Es probable, ¿pero este diálogo las frenará? Y si come la comida y le hace mal, ¿no se quejará?

También me pregunté: ¿las cosas no se hubieran aclarado un poco si él hubiera preguntado “en qué te afecta a vos mi decisión”?.
¿Y él se dará cuenta que sus quejas constantes son un peso para ella? Reconocerá y agradecerá todo lo que “soporta” su mujer?
¿Qué ella responda con “cara rara”  es un impedimento real para su dieta? Entiendo que él se sienta peor con estos gestos de ella (a casi todos nos afectaría) pero será cuestión de ver por qué opta: aceptar su cara o transitar otra indigestión.

Cuántas veces pasamos por situaciones similares en la vida cotidiana.
Ahora me pregunto: la próxima vez que alguien me diga que algo (comestible o no comestible) le hizo mal, qué le diré?
Ahora te pregunto: la próxima vez que alguien te cuente que algo le hizo mal, qué le dirás?
Y si en tu experiencia algo te hace mal y alguien te asegurara, sin más, lo contrario, qué es lo que harás?
Eugenia Lerner