jueves, 29 de mayo de 2014

Acerca de la misión del alma

Edgar Cayce, el psíquico norteamericano más prominente del siglo XX, se sintió reticente a asumir su misión. Le llevó varios años reconocerse como psíquico y solo se aceptó cuando comprobó la veracidad de sus lecturas psíquicas y cómo ellas beneficiaban a los demás.
El ejemplo de Cayce muestra algo muy habitual: la misión del alma se despliega a través de la vida y no suele ser clara desde el comienzo. 

Algunos buscadores espirituales esperan que su misión les sea revelada con precisión al inicio de su búsqueda. Creen que una vez conocida, las circunstancias les serán propicias y que, si están alineados con la misión, el éxito y las habilidades necesarias se manifestarán con facilidad. Nada más alejado de lo que podemos observar en la vida.
La misión –como hemos dicho– no siempre resulta clara, las circunstancias no siempre son propicias, el éxito puede pasar desapercibido y las habilidades necesarias para cumplirla no siempre fluyen con naturalidad.
Para sostener lo afirmado, puedo citar algunos ejemplos. El filósofo griego Demóstenes tuvo que vencer grandes dificultades de dicción antes de convertirse en un gran orador. El célebre pintor Vincent Van Gogh no vendió un solo cuadro en su vida. El médico húngaro Ignacio Semmelweis nunca fue reconocido como pionero en la prevención de las infecciones del parto, a pesar de haber salvado a muchas mujeres.

En medio de toda esta incertidumbre, ¿cómo podemos entonces satisfacer los dictados del alma?
Si bien no existe una fórmula y cada persona tiene su propio camino, me gustaría compartir algunas ideas que espero puedan ayudar.
En primer lugar, quiero sugerir que no desesperemos en esta búsqueda. Nuestra misión central se cumplirá, de alguna manera, ya que nuestro espíritu (la Fuerza vital y creadora) se encargará de que así sea. Esta es una de sus funciones, más allá de nuestra consciencia.
En segundo lugar, la misión trasciende lo individual y es nuestra forma personal de contribuir con el Todo. Por diferentes motivos, esa contribución puede pasar inadvertida, pero siempre tiene valor, porque es como un eslabón necesario en alguna cadena.
Asimismo, tal como un argumento puede contarse de diversas maneras, la misión puede ser expresada de diferentes formas. En este sentido, no se trata tanto de un enigma que se descifrará, sino de una vida que se construirá con la materia prima de las circunstancias, el estilo personal y la motivación interna de los anhelos del alma.

Para finalizar, quiero decir que solo podemos caminar la misión paso a paso, de manera que nuestra tarea es elegir y dar un sentido al siguiente paso. El alma nos guía siempre, el susurro de su voz está presente en cada tramo.
Lic. Eugenia Lerner

domingo, 25 de mayo de 2014

Huna: el camino del Pacificador

Huna es una palabra hawaiana que quiere decir, entre otras cosas, ‘oculto’, en el sentido de algo que no se puede ver o comprender a simple vista.
El Huna es un sistema de vida y un camino psicoespiritual de aplicación universal que se basa en una cosmovisión particular, una filosofía práctica de la vida, una psicología muy útil y algunos métodos efectivos para acceder a la dimensión espiritual.
En futuras notas abordaré diferentes aspectos de este sistema. Aquí quiero referirme a su sustento: el paradigma del pacificador.
Para lidiar con las vicisitudes de la vida, existen básicamente dos caminos: el del guerrero y el del pacificador. El del guerrero –el más utilizado y difundido– es un camino de lucha contra todo lo que se interpone en el paso: ideas adversas, enfermedades, estados de ánimo indeseados, etcétera.
Todos sabemos que, en nuestra cultura, la reacción habitual y automática frente a los obstáculos y los conflictos –ya sean internos o externos– es la de luchar. Luchamos con aspectos de nosotros mismos, de la misma manera que luchamos con otros. Nos peleamos, por ejemplo, con nuestro desgano o con los requerimientos de los demás. En el paradigma del guerrero la motivación está puesta en vencer al adversario.
En el camino del pacificador, en cambio, la consciencia y la acción se dirigen hacia lo que se quiere generar. Así, por ejemplo, se energizan las ideas adecuadas, se pone el acento en lo que favorece la salud y se incentiva lo que nos armoniza. Este enfoque sostiene, además, que los medios que utilizamos para lograr las metas influyen en los resultados. Por ello, busca resolver los conflictos lo más pacíficamente posible.
El camino del pacificador, en consecuencia, propone considerar y contemplar lo más posible a las dos partes. Esto es buscar opciones que puedan satisfacer–aunque más no sea parcialmente o a lo largo del tiempo– a ambas: por ejemplo, tener en cuenta el desgano y la necesidad de hacer, dando pasos a un ritmo posible; satisfacer algún aspecto de lo que el otro requiere, sin dejar de tener en cuenta el estilo personal o los propios valores. La motivación aquí es buscar que ambas partes ganen algo.
Esta modalidad implica superar la reacción automática inicial que aspira a eludir las dificultades y a lograr la mayor satisfacción inmediata posible.
Volviendo al comienzo y a modo de síntesis, Huna es lo que no se puede ver a simple vista: las reacciones automáticas guerreras satisfacen o evitan algo en lo inmediato, pero no sientan las bases para una satisfacción más duradera.
Lo que no se ve a simple vista de la actitud pacificadora es que, más allá de lo inmediato, construye bases más armoniosas que posibilitan satisfacciones más sustentables para beneficio propio y de todos los que nos rodean.

Lic. Eugenia Lerner